[por Rubén Uría] La pelea tiene lugar en Miami, Florida. Es 25 de febrero. De un lado, Charles Sonny Liston, ex presidiario vinculado a la mafia y campeón del mundo. En la otra esquina, el aspirante Cassius Clay, un joven de color charlatán, atrevido y con algunas conexiones todavía no oficiales con los musulmanes negros del Islam. Malcom X, ministro de la Nación del Islam, consigue un asiento de primera fila, el número siete, cerca del rincón del aspirante. Es entonces cuando resuena un grito seco, directo, desgarrador, de un aficionado: ‘Sonny, mata a ese negro bocazas!!’. El público rompe a rugir. El ambiente se caldea. La hora de la verdad se acerca. Momento escogido por Clay para su última fanfarronada. Se acerca a Liston y le señala su cinturón de campeón. ‘¿Para qué quieres eso Sonny? ¿Para sujetarte los pantalones?’. La mirada de Liston se tiñe de sangre. La de Clay se pierde en el tendido, embelesado por los gritos de jaleo de los vecinos de Miami.
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Comediante o visionario, Clay se hace acreedor a su apodo de ‘Bocazas de Lousville’ y lanza un atronador ataque verbal contra el ex presidiario Liston. Cassius entiende que para ganar la pelea dentro del ring, el primer paso es ganarse el respeto fuera del mismo. Cavila que en el boxeo, el primer paso para ganar un combate es ganar el respeto del público y lograr que el rival pierda el suyo. Ignorando las advertencias de sus promotores, Clay abandera una guerra psicológica sin precedentes que se cuela, sin remisión, en la piel de los americanos. Si ve una cámara de televisión se tira de cabeza, si tiene cerca un micrófono de radio se pregunta a la vez que se responde, y si un reportero no ha tomado buena nota de su rajada, decide escribirlo él mismo de su puño y letra. Clay sabe que, en esa guerra, en los medios de comunicación, Liston no tiene protección. Intuye que quien golpea primero golpea dos veces, y sigue convencido de que Liston, el ‘oso feo y perezoso’ se siente incómodo peleando con la lengua en vez de con los puños.
[por Rubén Uría] Después de comprobar hasta dónde llegaba el poder de los puños del bribón Liston, la prensa agacha la cabeza. Su estandarte del fair play, su Adonis del boxeo, Patterson, sólo es un juguete roto entre los puños del despiadado Sonny. Tras las dos palizas recibidas por el chico bueno, Floyd, escribir sobre las posibilidades de Patterson o sobre el rudo Zora Folley, era como apagar un fuego con el tanque de agua vacío. Nadie se veía capacitado para afilar su pluma y rebuscar, entre los aspirantes al título de los pesos pesados, a un tipo capaz de sobreponerse al pánico atroz que inspiraba la figura agigantada de Liston, que más que campeón, parecía un asesino en serie dentro del ring. Nadie era capaz de poner las palabras precisas a un exceso de realidad llamado Sonny Liston. ¿Y ahora qué? Se pregunta la prensa. Patterson es historia. Folley también. Cleveland Williams no sirve. ¿Qué hacer? Quizá resistir, elevar plegarias a los dioses del boxeo para encontrar a un tipo decidido, a un intelectual de las cuerdas, a un poeta del uno-dos, incluso a un político cuya lengua fuera directamente proporcional al tamaño de sus golpes. Mientras tanto, la tormenta demoledora de realidad, los puños de Liston, azotan América sin piedad.
[por Rubén Uría] Albores de los sesenta. Corren tiempos de Sonny Liston. Y aunque la prensa especializada trata de escribir cuentos de hadas, los puños de Sonny les sacan de sus refugios narrativos a martillazos de realidad, a puñetazo limpio, hasta convertir las portadas en un rosario de nocáuts interminables de un ogro de color cuya reputación atenta contra el American Way of Life. La realidad, estimulada por la pegada de mula de Liston y por su pasado carcelario, pisa los talones de los aficionados y emborrona todas las columnas de opinión del New York Post. Aunque el buen americano no encienda la televisión, ni lea la prensa, ni escuche la radio, el gancho de izquierda de Liston se cuela entre las rendijas de la puritana sociedad yanqui. Antihéroe, amenaza, villano, indeseable. Marcado por el odio. Y por la ley. Liston sabía lo que era estar entre rejas desde 1956, cuando le acusaron de agredir a un policía en un incidente escabroso que jamás llegó a aclararse del todo. Seis meses a la sombra no fue suficiente tiempo para que Sonny perdiera su capacidad innata para tumbar boxeadores. Al revés. Sus desventuras en el calabozo le instaban a golpear más fuerte, más rápido, más contundente que antes de vestir el traje de rayas. Alentado por una sed de venganza interior, Liston se adivina indestructible. Y no conoce la piedad.
[por Rubén Uría]El 13 de junio de 1935, en Long Island City, en el estado de Nueva York, y ante 35.000 enfervorizadas almas que abarrotaban el viejo Madison Square Garden, James J. Braddock se coronó como nuevo campeón del mundo de los pesos pesados. Fue la noche de Braddock, un boxeador al que se daba por acabado. Fue la noche de un hombre gris, sin especial talento, sin demasiada ortodoxia dentro del ring, que aquella noche ofreció al mundo un recital de valor. Baer no había preparado el combate a conciencia, sabedor de su proclamada superioridad, su mayor contundencia con la derecha y su mayor juventud. Tanto él como su esquina estaban convencidos de que el bueno de ‘Cinderella Man’ terminaría agotado después del quinto asalto. Cometieron dos errores. El primero, subestimar a Braddock. El segundo, no entender que Braddock era un don nadie al que la vida le regalaba una segunda oportunidad. Max, el campeón, siempre calificó la aparición de Braddock como una broma. Un chiste cruel del destino. ‘Un irlandés que parece buen tipo y al que no quiero hacer mucho daño’.
[por Rubén Uría] W.C Heinz, crítico de boxeo y exitoso novelista, escribió acerca de James J. Braddock: ‘En ninguna lista aparecerá entre los diez mejores, pero….puesto que otros se ven a sí mismos reflejados en él y en sus combates, es posible que haya pertenecido a más personas que cualquier otro campeón de la historia’. Aquel fue el secreto del éxito de un tipo corriente, de un boxeador corriente, pero que supo ganarse el respeto de sus adversarios y el cariño de toda una nación. De los puños de Braddock no salían misiles, pero su boxeo era un directo al corazón. Al corazón de miles y miles de aficionados que juran que, aquella noche de un 13 de junio de 1935, un tal Braddock les devolvió el precio de la entrada. Habían pagado por ver un combate de boxeo, pero Jimmy les regaló un milagro. Un milagro que quedó retratado en el mundo del cine gracias a la existosa película ‘Cinderella Man’ (El hombre cenicienta), que intentó llevar a la gran pantalla la vida de James J. Braddock, uno de los campeones más insospechados de los pesos pesados. No fue el mejor boxeador de todos los tiempos, pero sí el más valiente. Su duelo frente a Max Baer forma parte de la historia del deporte.
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[por Rubén Uría] Una vitamina B-12, con alma de Napoleón y gran entusiasmo por la pizarra. Eso es Juande Ramos, el revulsivo de Mijatovic. Un tipo que ha firmado para seis meses, pero que he debutado en el vestuario más difícil del mundo con dos premisas bajo el brazo: primero orden defensivo, después presión y finalmente, el juego por los flancos. Con esa receta, el Real Madrid de Juande Ramos lavó su imagen, mejoró su calamitoso balance defensivo y dejó unas cuantas ráfagas de buen fútbol, sazonadas por las contras eléctricas de Arjen Robben (el hombre que si no fuera de Cristal de Murano, sería tan bueno como el Balón de Oro). Cuestiones todas, con Schuster fuera, aparentemente sencillas, pero que en la práctica no lo eran tanto. Enfrente estuvo un devaluado Zenit, un rival de mucho glamour pero poca puntería y demasiada bondad, y que no acabó de exigir al Real Madrid, que manejó esta noche un discurso más coherente al peso de sus futbolistas. Como no hacía falta la épica, echó mano de la estética. Apareció imperial Robben, acudió a su cita con Europa el de siempre, Raúl (gol de churro más gol de goles) y Gago volvió a demostrar que sube como la espuma en el eje del equipo. Dudek (no es broma) fue titular. No le marcaron gol y dejó un par de paradas. Y Dudek, titular, dejó una duda: ¿Hay que reservar al portero del Real Madrid antes de visitar el Camp Nou? El debut de Juande en el banquillo dejó tres goles a favor, ninguno encajado y una sensación de que, a este entrenador, nadie le podrá reprochar que no tiene las ideas muy claras. Fue un 3-0 balsámico, cierto, pero ahora llega la hora de la verdad. Siguiente estación, el Camp Nou. Continue…
