
[por Rubén Uría]
Morgan Freeman sacude los cerebros de los espectadores en la película Million Dollar Baby con la siguiente frase: ‘La magia de librar batallas más allá de lo humanamente soportable se basa en lo mágico que resulta arriesgarlo todo por un sueño que nadie más alcanza a ver excepto tú’. El Madrid libró su última batalla más allá de lo soportable, como hizo en la recta final de la Liga, y lo arriesgó todo por un sueño que nadie alcanzaba a ver, excepto Capello y sus futbolistas. El Madrid andaba a mitad de camino entre el olvido y la nada, se atrevió a traspasar el umbral del dolor y forjó un carácter ganador. Se tragó mil manos, pagó con gusto el fielato, entró en el cuerpo a cuerpo y demostró que su mano era más pesada que la de sus rivales. El campeón no brilló con luz propia, no tuvo perfil de fino estilista, no fue sobrado de juego de piernas y tampoco fue capaz de coger la media distancia. En cambio, tuvo una mandíbula de granito y una pegada demoledora. De los puños del Madrid, en los últimos asaltos, brotaron rayos y truenos. Esta noche, con todo en contra, con Van Nistelrooy y Beckham lesionados, aparecieron Reyes y Diarrá. Un tsunami de furia. Otra remontada con Higuaín al estilo Cid Campeador y Guti de director de orquesta. Roberto ‘Mano de piedra’ Durán se apareció en San Mamés. Mike Tyson se vistió de blanco ante el Sevilla. Alí pegó ante el Depor, Rocky Marciano acudió al rescate en Huelva, Marvin Hagler aportó su precisión en casa ante el Espanyol y Julio César ‘El guerrero’ Chávez sacó la izquierda en el último suspiro en La Romareda. Todos los reyes del KO estuvieron en la esquina del Madrid. Capello se encontró con dinamita en los puños y el Madrid fue campeón. De nada sirvió el triunfo del Barça en Tarragona. Estaba escrito: nadie pudo contener la furia del Madrid. Un digno campeón de la Liga del corazón.
No hubo gloria para un Barcelona de cara y cruz. Cara con el balón, cruz sin la pelota. Cara con su fútbol de prestidigitador, cruz con sus miedos interiores. Cara con su fútbol de salón, cruz con sus desmedidos egos. El Barça chocó contra sí mismo, murió por su propia mano y dejó de ganar una Liga que le pertenecía por calidad. Murió de éxito. Sólo, triste, abatido. Sin encontrar lágrimas para poder llorar como una mujer lo que no supo defender como un hombre. Ningún consuelo habrá para el talento sin techo de Etoo, Ronaldinho o Messi, que se han hecho el hara-kiri en una Liga de la que fueron dueños. Tampoco hubo intervención divina con el Sevilla de Juande Ramos, con un equipo de gladiadores cuyo empuje y tesón les ha elevado como equipo confirmación del campeonato. La Puerta de Jerez vivió una noche desangelada, pero la Copa aguarda el firmamento estrellado sevillano, y nadie se acordará de una Liga si José María Del Nido se planta con dos trofeos a pies de La Giralda. Sevilla puede tener la barbilla arriba.
Ha sido una Liga para los que ríen, para los que lloran, para los que hablan y sobre todo, para los que escriben. Una lección para los que se las prometían felices con un atracón mediático a costa del Real Madrid, el quipo en el que durante toda la primera vuelta, fustigaron sin piedad. Hubo una crisis institucional, cierto. Errores de sistema, cierto. Baja forma de los jugadores, cierto. Eran tiempos en los que todo hijo de vecina aprovechaba la barra libre a costa del madridismo. Letrado o analfabeto, sacristán o monaguillo, plumilla o gacetillero, tertuliano o vocero, tuvo derecho a azotar, con impunidad, al Real. Estaba la dignidad bajo sospecha y se vislumbraba estado apocalíptico en tiempos de invierno. Capello hizo de zapatero remendón, el vestuario se unió ante las críticas y Raúl hizo sonar el cuerno vikingo. Había que tirar de épica. Sonó el ‘Impossible is nothing’.. ‘Algunos se escuchan a si mismos, en lugar de escuchar lo que dicen los demás. No son fáciles de encontrar, pero cuando aparecen nos recuerdan que si te propones algo, y aunque las críticas te hagan dudar, es bueno creer que no existe el “no puedo”, el “no me atrevo” o el “imposible”. Nos recuerdan que está bien creer que nada es imposible’. La guerra civil del Barcelona, las rotaciones del Sevilla y la B-12 de amor propio pusieron la Liga a tiro del Madrid. Fue entonces cuando emergió un equipo – por fin un equipo- con alto tono físico, con mucha fe y con una inmensa pegada. Capello y su tropa destrozaron la reputación de la prensa con tres premisas: valor, orgullo y compromiso. El resto de la historia la escribieron un cacique del área (Ramos), un veterano de Vietnam (Raúl), un pie de seda (Beckham) y un gladiador del área (Van Nistelrooy). Flor o fe, mentes vacuas o creyentes. Cuestión baladí. La Liga es blanca.
Un estado de ánimo. Sólo eso ha servido para subir al madridismo en un terremoto contagioso, que ha terminado con cuatro años de sequía. El aval merengue, made in Capello. Filas bien juntas, físico espartano, pegada mortal arriba. Un ave fénix que resurge de las cenizas. Mitos, ritos y símbolos. Lo de siempre. Lo muy sabido. Un grupo unido, sin fisuras, que ha canalizado las críticas y las ha transformado en un bloque compacto. ¿Qué ha ganado el Madrid? Nada. Todo. Un suspiro. Una vida. La fugacidad. La eternidad. El Madrid duerme en el cielo y el Barça se abrasa en el infierno. Ficharon a Capello para ganar títulos. Ha caído uno. Jugar bien es otra cosa, y eso Fabio nunca lo garantizó. Si quieren ganar otra Liga, que lo llamen dentro de otros 10 años. Quizá entonces vuelvan a faltarle al respeto. Mientras tanto, que vayan buscando un agüjero bien profundo para enterrar la cabeza como si fueran un avestruz. Capello no es el mejor entrenador del mundo, pero tiene los mejores resultados del mundo. Ahora, si quieren, que lo echen a la calle. Lo volverán a llamar dentro de diez años, cuando estén con respiración asistida. Volverá, lo pondrán a parir y después ganará la Liga. No existen las verdades absolutas, pero esta ha sido la Liga de Capello. Contra viento y marea. La fe del Madrid movió la montaña. Pudo con todo. Otra demostración de que en la vida y en el fútbol, siempre hay que creer.