
[por Rubén Uría]
Será una cuestión de orgullo. De dos sentimientos frente a frente. ‘Vendetta’ de Estambul ante ‘Remember Estambul‘. Una cuestión de honor, de principios, de corazón. El alma contra el cerebro. El equipo contra la individualidad. La fe contra el talonario. La tradición contra la sofisticación. Poetas guerreros de Anfield contra devotos del Che Dio vi furmini. Será una cuestión entre hombres de honor. Será Rafa Benítez ante Carletto Ancellotti. Será Steven Gerrard frente a Kaká. El último cartucho para Paolo Maldini, el Cary Grant del fútbol, y una nueva ocasión para que el Liverpool se pinte una raya amarilla en su camiseta, para que los españoles no le dejemos caminar sólo en Atenas. Dicen que el Milán es el único equipo de Italia que no parece un equipo de Italia. No pega, no especula, no recula, no racanea. Dicen que el Liverpool es un equipo español que no parece español. Pega como un inglés, choca como un inglés, remata como un inglés y tiene un corazón inglés. Dice Kaká que Gerrard es el jugador que nadie quiere tener enfrente. Gerrard asegura que Kaká es un hombre-orquesta capaz de cambiar el signo de un partido. Ancellotti confiesa que en caso de victoria, brindará con una botella de vino que le regaló Sir Alex Ferguson. ¿Y Benítez? Pues Rafa the gaffa (El Jefe), maneja discursos contradictorios. Con la boca grande dice que Estambul es irrepetible. Con la boca pequeña, sotto voce, Rafa apela a un ‘dèjá vu’...
Entró en los corazones de Italia gracias a Nereo Rocco. Dio esperanza desde el pie de Rivera, ‘Il bambino de oro’. Empapó en sudor con Schnellinger. Hizo zapatero prodigioso a Arrigo Sacchi. Regaló al mundo a Gullit, Rijkaard y Van Basten. La Quinta del Buitre reventó en San Siro cada vez que Franco Baresi gritaba aquello de ‘avanti’. Aquella trampa para cazar elefantes forjó un equipo, el Milán, y asesinó una leyenda, el Madrid. Aquel grito de Baresi esculpió en mármol a Maldini, el único lateral del mundo capaz de obligar a Míchel a arrojar la toalla. Al abrigo del Cary Grant del fútbol acampan Oddo, Nesta, Jankulosvki y un dinosaurio brasileño llamado Cafú. Al calor del hijo de Don Césare crece el guerrillero Gattuso, un rambo en miniatura, y se alza Inzaghi, un delantero de área pequeña. Y respetando la jerarquía de Maldini, pero con licencia para las obras de arte, emergen tres futbolistas: Seedorf, el titán de Panamaribo; Pirlo, el regista de Italia; y Kaká, el Pelé Blanco que quita el sueño a Ramón Calderón. El Milán fue un panettone demasiado duro para el Bayern de Münich, y demasiado indigesto para el Manchester de Ferguson. La tormenta de los diablos rojos se inclinó ante el poder de Pelé Blanco. Ante el pie delicado, refinado, preciso y mágico de Ricardo Izecson, más conocido por Kaká. Los tiffossi reclaman ‘vendetta’ ante el Liverpool, lucirán pinturas de guerra en Atenas y elevarán otra plegaria al todopoderoso. El grito, unánime, será el mismo que ante el Manchester United: ‘Che Dio vi furmini’ (Que Dios os fulmine).
Al otro lado del Partenón aguarda el campeón inglés, el spanish Liverpool. Llega después de haber escrito epopeyas sobre el campo, después de haber acrecentado la leyenda del ‘This is Anfield’. Después e haber puesto de moda las filosofías de Shankly, Bob Paisley o Joe Fagan. Llega con espíritu invencible y con el convencimiento de que el destino del fútbol pueda depararle un ‘dèjá vu’. Llega con ganas de repetir la homérica final de Estambul. La avalancha ‘red’ tiene mucho que ganar y poco que perder, sobre todo, por el camino en el que ha llegado a la final. Porque, pase lo que pase, al Liverpool le quedará en el cuerpo el sabor añejo de la leyenda de Eddie Futch, un entrenador de boxeo que pasó a la historia el 1 de octubre de 1975. Aquel día, Muhammad Ali y Joe Frazier se rompieron el alma a puñetazos en Manila, en la más cruel y épica batalla de la historia del deporte. Alí sacó fuerzas de sólo Dios sabe dónde para volver al cuadrilátero. Joe Frazier se dispuso a hacer lo mismo a pesar de tener sendos ojos a la funerala, exhausto, a punto del desmayo, cuando su entrenador, su esquina, Eddie Futch, le ordenó sentarse y arrojó la toalla. El viejo Eddie consoló al ‘humeante’ Frazier con una frase que pasará a la historia: ‘Siéntate hijo, nadie olvidará jamás lo que hiciste hoy aquí’. Y pase lo que pase en Atenas, nadie olvidará lo que Benítez y sus chicos hicieron para jugar la final. Sea lo que sea, todo se zanjará en Atenas. Y será una cuestión entre hombres de honor.
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